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El Kutna Hora, muerte y belleza PDF Imprimir E-mail
Escrito por Victoria   
Sábado, 12 de Julio de 2008 06:49

DONDE LA MUERTE SE TRANSFORMA EN ARTE Y BELLEZA

“¡Válgame el cielo, qué veo!
¡Válgame el cielo, qué miro!
Con poco espanto lo admiro
Con mucha duda lo veo.”

(Monólogo de Segismundo, “La Vida es Sueño” de Calderón de la Barca)

Permítanme invitarles a realizar un viaje.

Así de simple es mi propuesta, y mi más profundo interés el llevarlos a conocer uno de los lugares más extrañamente hermosos y tétricamente sobrecogedores existentes en este planeta.

Miles de mudos testigos que alguna vez transitaron el antiguo poblado de Kutna Hora, en la actualmente llamada República Checa, son ahora el lúgubre ornamento que confirma al antiguo proverbio: “Una vez muertos, somos todos iguales”. El obrero y el campesino, el noble y el artesano se mezclaron, para dejar de ser quienes eran para volverse arte.

Tomen mi mano, entonces, y al revés de los paseos que invitan a soñar: ABRAN BIEN LOS OJOS. Nos adentraremos en la noche de los tiempos hacia un mundo que ni las mismas mentes tortuosas de Lovecraft o Poe pudieran haber creado. Allí conoceremos cómo el ingenio humano pudo reírse de la misma Muerte, para hacer de ella el instrumento de arte más fino. 

En el pueblito de Kutna Hora, a unos escasos 70 Km. de la ciudad de Praga , gracias a los yacimientos de plata descubiertos en la zona de Bohemia alrededor del siglo XIII, se acuñaban la mayoría de las monedas que circulaban en Europa.

Ya durante el siglo XIV ésta se había convertido en la principal actividad, tanto, que ésta se convirtió en una zona floreciente y llena de bienestar.
Favorecidos con éste aire de bonanza, el pueblito se desarrolló no sólo económica sino arquitectónicamente, conformándose en un pintoresco poblado de casas de piedra con coloridos jardines.
Conforme el pueblo crecía, se fueron construyendo nuevas iglesias, mientras las antiguas se reparaban y se ampliaban.

En Sedlec, un barrio periférico de Kutna Hora, a unos 2 Km. del centro, se hallaba una iglesia regida por la Orden Cisterciense que, gracias a los acontecimientos por todos conocidos, debió ser ampliada. 
Unos curas de ésta Orden realizaron un viaje a Palestina, encabezados por Enrique, el entonces Superior del Monasterio, con el fin de traer tierra sagrada del Monte Gólgota para poder esparcirla en su cementerio. Dado que los entierros eran muy bien pagos, esto les generaría un excelente ingreso extra.

La novedad cundió rápidamente, unto al naciente folklor de que si un muerto era allí sepultado, su alma llegaría más pronto al paraíso.
Dado el fanatismo desatado, el antaño ignoto cementerio se volvió uno de los más populares de la época, y recibía día a día infinidad de cadáveres para ser allí sepultados, muchos de ellos provenientes de cientos de kilómetros a la redonda, especialmente de Bulgaria, Polonia y Bélgica.

En esos días, Europa fue azotada por la peste negra. Los cementerios del continente se vieron rebasados en su capacidad, y nuestro viejo camposanto no escapaba al problema: ya en 1318 contabilizaba más de 30.000 muertos.

Los años pasaron y el problema de “superpoblación” se agravó. Debía hacerse algo de manera urgente. La solución: edificar un osario en la capilla de Todos los Santos, que era una capilla inferior correspondiente a la Catedral Gótica de Nuestra Señora.
Al principio, se utilizaron los sótanos y los depósitos de la misma que datan del año 1511. Allí fueron almacenados los huesos y aún así, el espacio creado nunca fue suficiente...hasta que a un monje se le ocurrió la descabellada idea de utilizar los huesos humanos para la decoración, aunque el trabajo quedó incompleto, puesto que el Monasterio fue clausurado y la propiedad fue adquirida por los Schwartzenberg de Orlik.

En el año 1870 el príncipe de Schwartzenberg contrató al artesano Frantisek Rindt de Ceská Skalice y a cuatro integrantes de su familia para completar y mejorar la tarea. Para esto, fueron necesarios los huesos de unas 40.000 personas, y varios años de labor ardua y continua.
Se cuenta que la obra fue tan famosa que la gente donaba los restos de sus familias para que fueran parte de esta verdadera creación artística.

Actualmente, al ingresar pueden verse dos cálices, una cruz y dos abreviaturas griegas del nombre de Jesús. Hacia la derecha, también hecha con huesos humanos, hay una inscripción:
“1870 F. Rindt de Ceská Skalice” y también el escudo de armas de los Schwartzenberg.

Destacando en el centro, lo más impresionante: Un gigantesco candelabro formado por todo tipo de huesos humanos, incluso con guirnaldas de calaveras de todos los tamaños.

Por último en el osario, formado con falanges, se encuentra escrita la razón de ser de tan monumental obra:

“Si el cuerpo humano es tan frágil, 
hay que disolver la fuerza espiritual
para que quede en la Historia
buena memoria de nuestros hechos”
.

Por Marie Celeste - Colaborador (Argentina).

 

Domingo, 18. Julio 2010

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